Mi Manizales del alma!

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Amanecer… 19/01/2017

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Disponible para todos!

 

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Fachadas decoradas. Patio Bonito, Bogotá, Colombia

 

Casi seis meses después de haber presentado mi tesis antes los jurados, vuelvo a ella con la ilusión de ponerla a disposición de todos ustedes. Desde hace unos días el documento se encuentra disponible en internet en el portal Tdx. Mi intención con este anuncio es que el tema desarrollado con esfuerzo durante tantos años pueda servir para aumentar la discusión frente a nuestra labor como arquitectos, como ciudadanos y como docentes en un mundo que está en constante transformación y que necesita revisar lo construido, aprender de ello y proponer como enfrentarnos al futuro de nuestras ciudades.

 

“Patio Bonito, un barrio sin proyecto” es una invitación a mirar desde otra perspectiva nuestras ciudades, a observar todo cuanto pasa en ella y diagnosticar sus éxitos y sus falencias y así poder intervenir de manera consciente. Una revisión en el enfoque en que tenemos sobre lo cotidiano que en urbanismo denominan “urbanismo emergente”. En mi caso lo novedoso puede encontrarse en el punto de vista desde el que se estudia el barrio, ya que el énfasis no está puesto en el urbanismo sino el proyecto arquitectónico, en la escala doméstica.

 

Si bien es cierto que en ese sentido hay mucho material por construir y contrastar, la idea es poder dejar una ventana abierta para que otras personas piensen y discutan sobre la arquitectura popular, sobre lo que acontece en las ciudades latinoamericanas que crecen de manera vertiginosa y donde cada vez es más importante entender y aprender sobre las decisiones que ha tomado la arquitectura y el urbanismo más reciente.

 

Así pues, para abrir ese espacio de discusión, aquí está “Patio Bonito. Un barrio sin proyecto”. Se esperan los comentarios!!

Patio Bonito: Un barrio sin proyecto

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Defensa de la tesis doctoral
Martes 26 de enero de 2016
11:30 am
Sala de grados, ETSAB

La tesis doctoral centra su estudio en Patio Bonito, un barrio autoconstruido en el suroccidente de la ciudad de Bogotá, en el que se analizan tanto el interior de las viviendas como el espacio público construido fruto del trabajo colectivo. El análisis ofrece los datos necesarios para entender las características más relevantes de la construcción de la calle, a partir de la modificación de las alturas de las viviendas, del uso de las plantas bajas y de los elementos que completan y transforman lo público por su ubicación temporal. De esta manera se reconocen los valores y aportes que la arquitectura informal genera en la ciudad y que suelen estar por fuera de la discusiones académicas por considerarse no reglados, poniendo de manifiesto el inmenso valor que tienen en la formación de lo cotidiano. La tesis se organiza en cinco apartados con los que se busca poner el acento en diferentes partes del barrio. A pesar de estructurarse con un orden específico, los apartados tienen una carácter individual  y pueden leerse de manera independiente. El primer apartado se ocupa de los temas arquitectónicos y urbanísticos, del papel del barrio dentro de la ciudad y su repercusión en el entorno, de los elementos que lo componen (el espacio público, los equipamientos colectivos, la tipología edificatoria, etc.) y de algunas leyes y normativas importantes dentro su proceso histórico, así como la comparación con algunos proyectos y realidades actuales. El segundo apartado se aleja de las generalidades del barrio para entrar en la casa. Con la escala de aproximación en el interior se descubre lo que sucede dentro de ella: como se subdivide, se ventila, se usa o se decora. En el tercero se describen tres paseos realizados por el barrio con los que se busca transmitir la atmosfera de lo edificado partiendo de la lectura de la calle, de su espacio público e intentando develar todas sus características. En el cuarto apartado se realiza un análisis de los elementos que ayudan a definir la identidad del barrio, que se hacen evidentes en los paseos, y que nos muestran las señas que han dejado los ciudadanos en el espacio público. Aquí entran en juego todos los artefactos de comercio ambulante o de transporte colectivo que complementa y modifican el uso de  las plantas bajas. El quinto y último apartado busca abrir el debate acerca de la influencia que tiene en nuestra ciudades la necesidad de reconocer un proyecto arquitectónico definido en todas sus parte y la desconfianza existente en la sabiduría popular. La falta proyecto en la arquitectura popular acarrea también una discusión acerca de lo estético en relación con lo bonito y lo feo. Al final se busca responder a la pregunta: ¿Qué sucede en la arquitectura cotidiana ante la ausencia del proyecto arquitectónico de la manera como lo entendemos en las escuelas de arquitectura?

Más información disponible en: habitar.upc.edu

De vuelta a casa… por unos días

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Atardecer en Manizales, Enero 2015

Volver a casa es una de las sensaciones mas gratificantes y bonitas que existen. Por lo menos en mi caso, volver a mi ciudad: Manizales, representa un acto único, personal e inolvidable. Volver a caminar por sus calles, aquellas que han ido cambiando con el paso de los días, las que por el contrario permanecen igual que en el recuerdo y muchas otra que, sin ser nuevas, son realmente diferentes y desconocidas. A este recorrido hay que sumarle el paisaje lejano que permanece impecable: las montañas, el cielo, el nevado, los atardeceres; y el paisaje urbano que año tras año modifica y muestra nuevas vistas de nuestra ciudad.

Particularmente este año me llamó la atención, no tanto los cambios en la ciudad, como si mi  perspectiva frente a las cosas. No se si a ojos del lector esta afirmación suene un poco extraña y hasta engreída, pero creo que por fin encuentro la manera de conectar las experiencias vividas en los últimos años fuera de casa, con las situaciones que pueden cambiar y mejorar en la ciudad de mi corazón. Y no es que las situaciones urbanas que vive la ciudad me molesten o las crea poco convenientes, si no que por fin veo millones de oportunidades urbanas latentes en muchos lugares que poco a poco se han vuelto cotidianos y que en cambio son potencialmente generadores de buenas cosas. Simplemente es como si los muchos años de compartir experiencias en el Master de Proyectos Arquitectónicos de la Universidad Politenica de Catalunya empezara a calar en el interior de mi cabeza. Aunque siendo sincera, no ha sido la experiencia total del master la que ha ido quedando en el inconsciente, si no más bien las exploraciones y resultados del Seminario de Oportunidades Urbanas que dirige Xavier Monteys  en el marco de la intensificación de Proyecto y Análisis.

Pero todo esto es más simple de lo que parece. Las ideas que rondan en mi cabeza no son muy técnicas y precisas, si no mas bien, útilmente soñadoras. Una de ellas, por ejemplo, es pensar que hacer con el vacío urbano que dejó el derribo de las viviendas de la Av. Santander en la calle  52, para construir el túnel que actualmente conecta la Av. Paralela con el barrio La Leonora. La infraestructura, desde la técnica, es óptima por que une dos tramos de ciudad, paralelos, pero opuestos, al atravesar la montaña que los separa. Pero desde la imagen urbana, el vacío que genera, a nivel de la Av. Santander es deseablemente subsanable. Lo más curioso de esto, es que no soy la única transeúnte que al pasar por allí comparte esa idea, si no que hay una que otra persona que mirando el vacío se ha puesto a pensar que eso podría ser edificio, parqueadero cubierto o plaza a diferentes niveles, entre muchas otras opciones. Un tema clásico de habitar la infraestructura al estilo de Le Corbusier en el viaducto de Argelia, o lo sucedido con la Grand Station Terminal de Nueva York, por poner un par de ejemplos, sin ser los únicos y más relevantes. En todo caso, es pensar que hacer con esos espacios no tanto desde la mirada del urbanista, si no desde la perspectiva del proyecto aún sin resolver.

Otra cosa de la que fui consciente en este viaje, es que la ciudad de mi recuerdo es menos densa y compacta, y por supuesto, menos extendida por las laderas que hace quince años en la universidad nos dijeron que no eran urbanizables. Noto con bastante preocupación que el norte de Manizales es para mi un total desconocido, sólo se los nombres de los antiguos barrios que permanecen, y reconozco la ruta del Cosmobus que los conecta con el centro, pero se poco más de esta nueva ciudad creciente. Una ciudad que ahora además se extiende al costado de la vía a Neira, sobre la ladera, en el sector conocido como Puerta del Sol, con viviendas unifamiliares y edificios multifamiliares que crecen de manera rápida. Pero no es el único sector que se densifica ágilmente puesto que, para mi sorpresa, las laderas de La Florida se han ido llenando de viviendas unifamiliares pareadas, que parecen a lo lejos maquetas de taller de arquitectura. Lo que me llama más la atención de estas dos últimas urbanizaciones, es que a pesar que no parezcan similares, comparten una misma posición con respecto a las vías de acceso, siendo en cualquiera de los dos casos, vías incipientes para la alta concentración de población que allí reside.

Supongo yo que todas estas impresiones son posibles ya que el paisaje de la ciudad en ladera permite que, al desayunar en el apartamento de algún amigo, almorzar en el de otros dos, o simplemente mirar por la ventana desde el apartamento de mi mamá, la ciudad aparezca sin tener que buscarla. Así como a diferentes horas del día el Nevado del Ruiz aparece y desaparece para decirnos que así cambiemos, nos vayamos o regresemos, él sigue ahí, dejandose observar con mas nieve o con más ceniza; así como siguen presentes los atardeceres que adornan el occidente de la ciudad con sus colores variantes. Atardeceres que quedan en la memoria y que nos recuerdan que es bueno volver a casa…… así sea para partir con la incertidumbre de cuando será la próxima visita…

Un piano en la calle

Piano en los Jardinets del Paseo de Gracia

Piano en los Jardinets del Paseo de Gracia

Hay sólo un momento al año en que cuando caminas por Barcelona, escuchas el sonido de un piano en la mitad de la calle, en una plaza o dentro de una estación de metro. Lo mejor de esto es descubrir que el sonido no proviene de unos altavoces enchufados a un iPod, si no que es un piano negro de cola que, con su tapa levantada, amplifica los sonidos que se producen en su interior. Al otro lado del piano, un estudiante, un transeúnte o un músico profesional digitan hábilmente su destreza para conseguir ese sonido que envuelve todo el espacio público. El piano se encuentra fuera de su contexto original, del edificio que normalmente lo alberga, para promocionar el Concurso Internacional de Música María Canals, un concurso abierto para pianistas del mundo que deben, además de superar las audiciones iniciales y los conciertos privados, realizar una pequeña muestra de su trabajo para el público en general. El piano y el pianista son despojados del halo ceremonioso que transmite el vestíbulo y el escenario de una sala de conciertos, para tocar en la mitad de la calle, conservando la sutileza de su vestuario y la concentración de su mente que le permiten interpretar una pieza como sí estuvieran en lo más profundo de su intimidad. El público, que poco a poco se va sumando a su alrededor, adquiere tácitamente la postura y el silencio necesario para estar en sincronía con la intimidad del interprete que se encuentra delante.

Yo recuerdo haber hecho parte de una acción similar en Manizales hace muchos años, sólo que no tocaba el piano si no que cantaba con mi ensamble vocal en medio de la carrera 23 en el centro. Un momento en el que diferentes grupos de cámara nos alistábamos en alguna esquina para interpretar por veinte minutos aproximadamente, una pequeña muestra nuestro repertorio, con todas aquellas personas a las que de otra manera no habríamos podido llegar. En los dos casos, pero más en el tema de los pianos, lo que me parece más divertido, y que ahora es lo que me interesa, es comprobar el bonito efecto que tienen las cosas fuera de su contexto cuando intentan ser cotidianas e invaden el espacio público. Cuando un objeto inesperado aparece en medio del territorio que siempre ha sido tuyo y te lo altera de una manera sutil y provisional. El sábado pasado fueron diez pianos los que se ubicaron de manera aleatoria en diferentes puntos del Paseo de Gracia, lo que produjo que todos los que por allí paseábamos sintiéramos la necesidad de acercarnos a mínimo uno de ellos para escuchar la música que de ahí provenía. Una bonita manera de reivindicar el valor del espacio público, de la calle, no sólo como elemento de conexión entre un punto y otro de la ciudad, si no como canalizador y agrupador de las manifestaciones de todos los ciudadanos. Para demostrar que ella está ahí esperando acciones diferentes, que vayan más allá de las manifestaciones y las persecuciones tan frecuentes en los tiempos que corren.

Está claro que lo que pretende hacer el concurso María Canals, aparte de regalar piezas musicales a los ciudadanos, es intentar convencerlos para que asistan a la temporada de conciertos que se celebra en el Palau de la Música Catalana, una autopromoción que resulta, a mi modo de entender, más efectiva que la divulgación en medios culturales, afiches y banderolas colgadas de las farolas de la calle. Un método ampliamente utilizado en diferentes ciudades para hacer de la música un “lugar de todos”. En este sentido, es inevitable para mi recordar el video que hace un tiempo corría por internet en el cual los músicos de la Orquesta Sinfónica Metropolitana Batuta, en Bogotá, tomaron por sorpresa a los viajeros que esperaban el autobús en la terminal de transporte de la ciudad al interpretar la “Obertura 1812” de Tchaikovski. Esa era su manera de promocionar el inicio de la temporada de actividades 2013, no sólo de la Orquesta, sino de los diferentes programas para niños y jóvenes desarrollados por la Fundación Batuta. Nadie en la estación pudo contener la emoción de tener a cerca de 80 músicos tocando desde diferentes puntos del vestíbulo. Si bien, este caso no es igual que el de los pianos en el espacio público, refuerza la idea de cómo nos comportamos frente a las cosas que están “fuera de sitio” y de la buena sensación que genera “tomarse” –en el mejor sentido de la palabra– los equipamientos colectivos o la calle, que al final son los espacios de todos.

Pero tal vez la mayor diferencia entre estas dos maneras de atraer y sensibilizar a los ciudadanos frente a la música, es que lo que realiza el Concurso Maria Canals no es un flashmob –como si lo era el de la Orquesta en Bogotá– sino que es un evento para la ciudad que se repite año tras año al inicio de la temporada de conciertos. Aún queda tiempo para escuchar los pianos en la calle. Hasta el próximo 2 de Abril podremos seguir disfrutando la presencia de estos instrumentos en diferentes espacios de la ciudad: en el vestíbulo del metro diagonal, en alguna plaza del centro o en la entrada del restaurante “7 Portes”. Hasta que ese día todos los pianos de cola negros que habitaban el espacio público de Barcelona retornen de nuevo a su casa, al edificio que todo el año los cuida, a la espera que llegue el próximo mes de Marzo para volver a invadir con su sonido las calles de una ciudad que los espera.

PEQUEÑOS RELATOS CORTOS

…Sobre la fragilidad

Nunca me había puesto a pensar en la fragilidad de la vida, basta con que ella te de un toque para, de inmediato, cambiar de perspectiva. Creo también que nunca me había detenido a pensar en eso puesto que mi recuerdo del paso por un hospital era totalmente feliz. Mi madre trabajaba en el laboratorio clínico de un hospital universitario y cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, nos llevaba allí los fines de semana que tenía turno. El plan era divertido, de repente sonaba el teléfono de casa, al otro lado de la línea, un auxiliar avisaba que había llegado alguna muestra importante para ser analizada urgentemente y que pronto, una ambulancia pasaría a recogerla. Ese era el inicio de una aventura maravillosa. Pasado un rato llegaba por nosotras tres una ambulancia blanca, que ponía su sirena para discurrir rápidamente por las calles de la ciudad y llegar fácilmente hasta el hospital. Recuerdo bien que en la entrada al edificio había un cuadro de una enfermera pidiendo silencio y un mural pintado sobre alguna de las paredes. Por la escalera descendíamos hasta el piso -1 y entrábamos en el laboratorio clínico. Mi mama desde el primer día en que estuvimos allí nos dio las reglas del juego -para Carolina y para mi ese espacio era sólo de juego- que eran fáciles de recodar: No se podía correr por los pasillos, no se podían tocar equipos como neveras, centrifugadoras ni entrar en la salita de muestras, ni tocar ninguna de las herramientas de trabajo, en cambio… Se podía hacer una fila India con los tubos de vidrio que estaba en una caja de cartón bajo uno de los mesones de análisis, se podía dormir en la camilla, sin ir a saltar en ella, o escribir en la máquina de Amparo, siempre en papel borrador y teniendo cuidado de no ir a ensuciar el tambor. No se exactamente cuánto tiempo podíamos pasar allí mientras mi mama realizaba su trabajo, solo recuerdo que era un momento bastante feliz.

El laboratorio clínico era un salón grande, precedido por una habitación de secretaria y sala de espera que a su vez contenía otra pequeña habitación donde estaban los casilleros y el baño del personal. La sala grande era un espacio rectangular alargado que tenía una puerta en el costado opuesto a la secretaria y un muro largo con baldosas cerámicas blancas que discurría entre ellas. En el otro costado, unas ventanas de lado a lado, dejaban ver el verde bosque afuera y de vez en cuanto, la niebla baja que muchas veces se posa en la ciudad. Sobre la pared blanca de baldosas estaban alineadas todas las neveras mientras que, en la pared de las ventanas estaban las camillas y otros utensilios. En el centro, dos mesones largos con división de madera intermedia, entre ellos, eran el espacio de trabajo, lugar de los reactivos, los microscopios, las probetas y las pipetas. Fuera del laboratorio el recorrido se realizaba por un pasillo con ventanas que daban aún patio interior donde había un pequeño estanque con peces. Allí podíamos ir sólo por momentos y siempre que mi madre pudiera vernos. El pasillo en forma de “L” conectaba el consultorio de odontología y el despacho del patólogo con el laboratorio, todos en la vertiente más larga y longitudinal del espacio, mientras que en la perpendicular a ellos, se ubicaba la cocina junto a la cafetería que cerraba el espacio del patio. Cerca, muy cerca en el piso -1 se ubicaba la morgue, pero no recuerdo bien su ubicación exacta puesto que era un lugar que no podíamos visitar.

Mi recuerdo pues del hospital era de risas… Y eso que no siempre iba de visita, sino que en algunas ocasiones me veía obligada a visitarlo por mis constantes problemas pulmonares, pero nunca pase más de dos horas allí dentro!!. Se que sonará curioso, pero por más que llegara a la zona de consulta externa por un problema pulmonar, para mi estar allí seguía siendo algo divertido. Pase muchas horas conectada al nebulizador de una salita en la que estaba una enfermera jefe muy amable, que recuerdo además por que tenía dos hijos gemelos de más o menos mi edad (Ahora se que de ellos uno es médico y otro profesor, y aunque no se sí me recuerdan, yo siempre que los veo pienso en su madre… La enfermera). La sala era rectangular y no muy grande, y tenía una ventana corrida que daba hacia el entonces parqueadero y la zona de acceso al edificio principal. No recuerdo exactamente cuantas personas estaban a mi lado mientras inhalaba y exhalaba el vapor húmedo que salía por mi careta, pero creo que no eran nunca más de dos. Siempre ese espacio fue un lugar tranquilo, poco congestionado que normalmente visitaba un día miércoles en la tarde, ya que era el día que no tenía clases en el Colegio. Es evidente, mi madre nunca programaría una visita médica en horas de clase, a menos que fuera algo de extrema urgencia… que pocas veces sucedió. Una sala pues en la que me sentaba a esperar que pasara el tiempo, hasta que dejara de salir mi dosis de vapor húmedo. Luego salía de allí, casi que corriendo, en dirección al laboratorio clínico a visitar a mi mamá e ir con ella a tomar un café con pandebono en la cafetería, y luego permanecer sentada por ahí hasta que ella terminara su jornada laboral y pudiéramos volver juntas a casa.

Es curioso todo esto que escribo… Hace mucho tiempo que no pensaba en esa etapa de mi vida, que ahora siento llena de felicidad. Entiendo que estar hoy en un hospital y llevar viniendo cuatro días seguidos hacen que los recuerdos se remuevan y vengan aquí todos los pensamientos que estaban en el trasfondo de mi caja de recuerdos. Tal vez sea además por que para mi estar hoy escribiendo este texto desde un hospital no es del todo agradable y por tanto no me sugiera las risas habituales de mi recuerdo. Vengo no por que este yo enferma, sino por que una de las personas que más quiero en el mundo ha tenido un accidente y lo tienen ingresado. Ahora no es la felicidad y el cariño del Hospital Santa Sofía, sino el temor y la fragilidad que me produce el Hospital del Vall d’Hebron; no es evidentemente Manizales, sino Barcelona… una de las dos ciudades que es mi casa. El hospital de ahora es más grande que el de mi recuerdo y esta lleno de gente amable que intenta con una sonrisa mitigar el miedo que producen los aparatos, las historias clínicas, los medicamentos y los médicos y enfermeras que hay por todas partes. Hasta ayer, solamente conocía la planta -1, lugar de la sección de cuidados intensivos, pero hoy sé que me encuentro en el edifico de trauma y que la nueva habitación está en una planta de rehabilitación, lugar que acoge a todas las personas que vienen del planta -1. La habitación es rectangular y tiene dos camas, tres sillas, un baño compartido con la habitación del lado (que es sólo para los pacientes) y al fondo, en la cara opuesta a la puerta de acceso, una ventana grande. Felipe duerme en la cama más próxima a la ventana, por la cual se pueden ver el resto de los edificios del hospital, el helipuerto y Barcelona como telón de fondo. Aquí sentada, a su lado, es inevitable dejar de pensar en la fragilidad de la vida, en como todo cambia en un segundo  y que el cuerpo humano puede romperse casi de inmediato. Por suerte, la estancia aquí será corta… Dos o tres días más, y pronto el hospital será nuevamente sólo parte de mi recuerdo. Un recuerdo de hospitales que estará marcado por la felicidad de mi infancia y la fragilidad del cuerpo que me inspira este momento.

Barcelona, Diciembre de 2013.

HOLA!!

Al fin… después de muchos meses de pensarlo, por fin estoy aquí!!

Voy a intentar poner mis ideas en orden en este espacio. No sólo de arquitectura, si no de muchas cosas que a veces pienso y nunca pasan de ahí, de estar en mi cabeza.

A ver que tal les parece lo que hago!!